Colaboraciones
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Ayer y hoy de las peñas flamencas.

Desde que Manuel Salamanca, aquel platero tan flamenco, fundara, en 1949, junto a un grupo de amigos la Peña Flamenca “La Platería” en su taller de la calle San Matías, frontera cuasi del Realejo, uno de los barrios más flamencos de Granada, ha llovido mucho y por lo tanto ya nada es como era, para bien o para mal. Pero sea como fuere, esa lluvia jonda ha ido regando un campo abonado para que las Peñas Flamencas fueran naciendo y creciendo hermosas, bajo cuya sombra acogieron a todo aquél que tenía que decir o aportar algo para mejora y engrandecimiento del arte flamenco.

Desde entonces las Peñas Flamencas han crecido vertiginosamente, tanto en cantidad como en calidad. De manera, y a pesar de los defectos que se le quieran encontrar, que esta última época del arte flamenco, contada a partir del Primer Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba, debiera ser denominada, por encima de otras connotaciones, como la Época de las Peñas Flamencas.

Las Peñas Flamencas han sido y son organismos imprescindibles en el mundo flamenco de antes y de ahora. Su papel en la sociedad que las acoge las hace ser lugares de encuentro y de comunicación, tan importantes hoy en esta sociedad de las prisas y el desprecio a los valores como el de la amistad y la solidaridad. Como tampoco se puede negar su papel de escuelas de cuyas aulas han salido no pocos artistas que hoy son y están.

Las treinta y nueve Peñas Flamencas que pertenecen a la Federación de Peñas Flamencas de Málaga, llevan años realizando una labor callada y altruista que ha dado muchos y buenos frutos ¿Quién organiza sino la mayoría de los festivales veraniegos, la práctica totalidad de los concursos, los mejores ciclos culturales-flamencos, los encuentros de peñas flamencas, los talleres de cante, toque o baile…? ¿Quién da trabajo a los artistas cuando llega el duro invierno? ¿De dónde han salido muchas de las mejores producciones discográficas y/o bibliográficas? Refresquemos la memoria –a veces tan débil entre los flamencos- y comprobaremos que detrás de cada pregunta, directa o indirectamente, hay siempre una Peña Flamenca. Es decir, las mujeres y hombres que forman parte de ellas, porque siempre han creído y siguen creyendo que desde sus respectivas Peñas Flamencas se podía, y se puede, realizar una labor en pro del arte flamenco imprescindible e impagable, aunque no siempre justamente reconocida cuando no claramente despreciada por parte de las instituciones públicas.

De las Peñas Flamencas, en colaboración con entidades públicas o privadas, surgieron las Semanas de Estudios Flamencos —de las que es pionera la Peña Juan Breva—, los Ciclos de Conferencias, las Jornadas Flamencas, los Circuitos, etc., en un intento de llevar hasta los socios menos leídos la teoría del arte flamenco. Todas estas actividades, con sus defectos y sus virtudes, han contribuido al enriquecimiento del propio arte flamenco y a dotar de cierto toque intelectual a los flamencos, algo que nunca está de más.

Las Peñas Flamencas, que fueron en sus inicios una alternativa al “reservao” de las ventas, en un afán loable de despojar al flamenco de toda connotación peyorativa, fueron después lugar de encuentro con un papel social importante que prestigiaba a quien pertenecía a ellas. Muchas han sido y son verdaderas instituciones del pueblo o la ciudad donde se encuentran. Otras suponen el sitio común donde reunirse con los amigos. Pero todas han contribuido y contribuyen a mantener viva la llama del flamenco.

Sin embargo, los tiempos cambian y las Peñas Flamencas no pueden estar de espaldas al tiempo que les toca vivir. Hoy las Peñas están viejas: la edad media de sus socios ronda los cincuenta años y la juventud brilla por su ausencia. Una de dos: O damos entrada a los más jóvenes, haciendo más abiertas y atractivas nuestras Peñas, o éstas corren el serio peligro de morir por envejecimiento de su masa social.
La tendencia endogámica de las Peñas Flamencas es extraordinaria. Algunas son verdaderos cenáculos donde sólo un escogido grupo tiene acceso. De tal modo que viven de espaldas a la sociedad que las acoge y en la cual están inmersas. Y no hablemos de aquéllas, que utilizando dinero público, niegan el pan y la sal a todo aquél que se acerca a su sede, en clara desventaja con el socio, que sólo aparece por ella cuando hay un acto importante o algún ágape, cuya cuota mensual, hoy por hoy, está en torno a los seis euros, cifra ridícula si se compara con la de cualquier otro tipo de sociedad cultural o deportiva.

Las Peñas Flamencas, hoy más que nunca, tienen que ser centros culturales de la localidad donde se encuentren. Su incardinación en la sociedad de la que forman parte debe ser total. Deberían estar abiertas a otros colectivos sociales y culturales para, de esta manera, no caer en un aislamiento que perpetúe los ancestrales tópicos que en nada beneficia al flamenco.

Las Peñas Flamencas, con las condiciones precisas, han de ser lugares donde se exponga la cultura, toda la cultura, sea ésta o no flamenca. De esta manera, y sólo así, se establecerá una enriquecedora relación entre los flamencos y los que todavía no lo son que nos llevará a dos consecuciones efectivas: acercar al flamenco personas sensibles al hecho artístico que por desconocimiento o reparo nunca estuvieron próximas a él; y dos: cultivar a los flamencos en otras manifestaciones culturales, que buena falta hace.

En los tiempos que corren no parece lógico que un socio pague entre los seis y los nueve euros a cambio de todo lo que se le ofrece; recitales, local, actividades paralelas, etc. Por eso se hace necesaria una renovación, también en lo económico, que busque canales propios de financiación, o que la administración de los que ya existen se haga de manera racional.

Tres posibles vías de financiación aparecen para sufragar estos gastos: la masa social de las propias Peñas, las Administraciones Públicas y las empresas privadas. Aunque de todas ellas, se debiera tender a la autofinanciación: los miembros de una Peña no acabamos de convencernos de que el flamenco es un bien de consumo y cuesta dinero y que solamente con nuestro esfuerzo económico se puede mantener una institución de este tipo, tanto más si pretendemos mantenerla autónoma y libre de cualquier injerencia sea ésta del tipo que sea.

Éstos –y otros, como el de atraer a los jóvenes a nuestras Peñas Flamencas- son los retos de un futuro, tan próximo, que ya está aquí.

Autor: Paco Vargas